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Tapera cromática
Páginas sueltas de libros ignorados - La voz de un outsider

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01 de Abril, 2009 ·  Relatos

Es una melodía triste de oboe...


...liberada tras el paso de un tren bajo la luna, sin que se entere Alberta y permitiendo, que las lágrimas salpiquen la guitarra muda.

 

          En los tiempos de la buhardilla compartir unas tostadas resultaba una ceremonia sacra, más parecida a una comunión que a una necesidad física. Ella observaba el movimiento de sus barbeados maxilares con igual fascinación a la de un creyente viendo resbalar una lágrima de sangre sobre el rostro afligido de un Cristo de yeso.

         En las noches de verano hacían deslizar la pequeña claraboya dejando por techo la noche estrellada, y tomados de las manos en silencio pretendían advertir el imperceptible movimiento lunar cruzando el cuadrado oscuro sobre sus cabezas. A veces, Alberta interrumpía el sosiego para ocuparse de los asuntos terrenales: encender un espiral para ahuyentar los mosquitos, por ejemplo, o colocar sobre el calentador una pequeña olla para cocer unos granos de arroz.

         Una noche él hizo la observación de que sus manos eran separadas por el fuego e intentó encontrarle el místico significado durante otras cinco noches. Eran tiempos difíciles pero buenos. 

         –Algún día... –había dicho Eliseo esa noche, cuando ella se fastidió al comprender que la meditación, acunada por la observación lunar, había provocado que su arroz se inutilizara –Algún día recordaremos con nostalgia estos momentos que rebozan nuestro presente. Añoraremos esta paz compartida y nuestra cercanía tan rodeada de miseria. No sé por qué pero intuyo que así será; quizás porque soy feliz pese a todo y hasta diría que temo que las cosas mejoren.

Ella no le dijo que para él eso era muy sencillo. Ni siquiera lo pensó. Es que aun no lo pensaba. Tampoco le interesaba razonar sobre el universo y la existencia, o sobre el alboroto de la cama golpeando la pared, sucesos a los que iguales proporciones otorgaba.

Aquello de las tantas cuadras hasta el estribo del ómnibus sin que él la acompañara, lo de los otritantos metros hasta el ascensor y lo de las ocho horas puliendo cerámicas ajenas y fregando pisos limpios... mientras él pretendía hacer poemas todavía era normal, natural y hasta lógico. De igual modo ser su compañera, su mujer, su hembra, cocinera, limpiadora y mandadera pero no esposa todavía resultaba aceptable.

Lo aceptaba todo aun sin notar que también era consuelo a sus deliradas tristezas, estímulo a su versátil ego y partícipe ocasional de sus mezquinas alegrías. Seguramente si hubiera tenido la sensibilidad de Eliseo le hubiera dolido, y mucho, ser tanta cosa sin llegar a ser, entrañablemente, su musa. Cuando llegó a serlo se habían vaciado los relojes y no existen repuestos para momentos gastados.

         Ella me lo había dicho alguna vez, consciente del cariño que a ellos les tenía. Dijo que lo amaba porque él era tierno como pan recién horneado y dulce y sabroso como los duraznos importados que le diera a probar su patrona en un día de insólita amabilidad. Lo percibía indefenso como un niño y más delicado y frágil que las porcelanas que ella mantenía en condiciones; tenía además la angustiante certidumbre que sin ella moriría, incapaz de conseguir su sustento. Yo asentí en silencio, complacido de oírla hablar de ese modo pero no por él, sino por la razón de su certeza y la piadosa poesía de su corazón.

         A veces salían a caminar y ya de vuelta, al atardecer, se sentaban en la plaza del barrio a observar a los niños ajenos llenar de energía y bullicio todos los recovecos del espacio. Ella buscaba uno que se pareciera al que quisiera tener con Eliseo, él no pensaba en niños. Allí se quedaban un buen rato en silencio, cual dos viejos con las espaldas llenas de vida gastada.

         Una de esas tardes Alberta exclamó, como meditando en voz alta: –No entiendo por qué se niegan a editar tus poemas... ¡Son tan lindos!

         Él la miró como si sus palabras lo hubieran despertado de un hermoso sueño y dijo: –¡Vos qué sabés!

         Ella no contestó. Era cierto. ¿Qué sabía ella de esas cosas? Él tenía razón... ¿Entonces por qué dolían en su pecho esas palabras? Con la intención de ayudarlo le habría dicho la verdad si alguna vez la hubiera sospechado. Pero desconocía por completo que los poemas de Eliseo estaban medidos aritméticamente, perfectos gramaticalmente,  pero muertos lamentablemente. Trasmitían la estática de un universo sin vida en ningún planeta. Tenía la semilla sí, se notaba que algo podría o no nacer un día, sólo que la mantenía lejos de la tierra y el agua.

 

         El hijo de la señora era muy apuesto y aunque nunca tuvo con Alberta más que formales saludos de cortesía, sus ojos decían cosas. A ella eso, si es que lo había advertido, nunca le importó. Pero esa mañana llevaba en la cabeza aquél  “¡Vos qué sabés!”  de la tarde anterior y la mirada aquella provocó que sintiera una puntada en el corazón. Claro, la atribuyó a la frase del poeta y no a los ojos del príncipe.

 

"Ay dime amor qué me pasa!  Que arrodillarme en tu altar  ya no es la gloria. Que estar atada a tu historia me está sabiendo a desgracia."

 

         La luna estaba en menguante y ellos dos, que ya no tenían nada con ella mantenían silencio. Pero no era la quietud callada, habitual y pacífica de sus meditaciones nocturnas, sino la del nerviosismo, la desidia y la tristeza, la que los cubría augurándoles el silencio grande.

         –Yo sabía que nos separaría el fuego– dijo Eliseo aun con la mano de Alberta entre las suyas, palpándolas suavemente y grabando en sus células las últimas caricias. Anticipándola, como siempre, no esperó que ella preguntara qué fuego y con la pena de su orgullo herido agregó: –El fuego donde tú te quemas...

         Alberta se fue sin saber si hacía lo que deseaba. Eliseo permaneció inmóvil sin intentar retenerla, pues dentro de él un torrente de frases corría desbocado y quería que el papel las supiera. Entonces germinó la semilla y casi sin que se diera cuenta saboreaba una y otra vez los amargos frutos de su amor abandonado.

 

         La dueña del pequeño departamento no toleró más que la deuda de dos meses de renta. A él no le apenó abandonarlo. Lo que había tenido en la vida para cuidar lo había perdido por ignorar su existencia, y la buhardilla sin ella era un asteroide carente de oxígeno que ya no lo cobijaba y le dolía.

         En casa de este proverbial amigo suyo traído desde la niñez, cantor de bares de locas baratas que de vez en cuando no está alcoholizado, encontró resguardo para su cuerpo y distracción para su alma hasta que entusiasmó a un editor con sus “Poemas para Alberta”. Poco más tarde un conocido juglar repetía por las radios las penas menos artísticas y más comerciales de Eliseo, hasta el hartazgo y con desmedido apasionamiento.

         A veces yo, en algún bar o en ómnibus si andaba urgido de monedas, cantaba sus coplas más profundas pero rechazadas con las frases ardientes y los sentimientos de Eliseo, y los marinos se volvían tiernos con sus rameras, las que lagrimeaban sin preocuparse demasiado de que el rimel corrido las convirtiera en espectros grotescos.

         Eliseo nunca supo ni se interesó por el manejo de su magro dinero. Bastándole para subsistir era suficiente; carecía de ambiciones y necesidades mundanas y decía que se permitía el desenfreno solo para amar. Solía tomarse algún tren hacia los suburbios esperando encontrar una mujer que fuera diametralmente opuesta a Alberta únicamente para que no se la recordara. Pero en el mirar o el caminar, el cabello o la sonrisa: todas tenían algo de ella.

Eso era lo único nuevo en su pasar. Viajaba trechos cortos, pensaba, mantenía conversaciones imaginarias con las personas que se cruzaban con él, sobre todo con una joven que había visto varias veces... conversaciones mudas más o menos de este tenor:

         “¿En que piensas cuando regresas cansada del trabajo, por la noche, contra la ventana amarilla del tren? Tus ojos se pierden sin ver la ciudad que corre a tu lado, igual todos los días y a veces,  vestida de bruma y humedad para llenarnos el viaje de melancolía. Entonces no hay pájaros ni sol, ni niños jugando en las plazas desiertas, sólo calles oscuras a las que permite existir algún farol. Mientras eso pasa fuera de la ventana ¿Qué ocurre en el interior de tu cabeza?  ¿Piensas en el amor? ¿En la riqueza esquiva? ¿En metas imposibles? ¿En lo que hoy te ha ocurrido o en qué harás mañana?

Tal vez supones que al menos queda la luna para escucharte. ¿O acaso has conseguido la gloria de meter tu mente en una laguna donde no te acosen los pensamientos?

         Quizás sea eso. No ves ni quien sube ni quien desciende; ni al vendedor de golosinas ni al diariero. Ni siquiera al hombre que te observa discreto a un metro de ti casi todos los días. ¿Lo has visto sin verlo igual que a las casas corriendo entre luces difusas?

         Aunque lo vieras él no está. Es una sombra con un ancla. Sólo otro espíritu y otro corazón encerrado en esa caja ruidosa que cabalga en la noche como un rayo en la tormenta.  Él piensa en tus ojos perdidos, tan distantes, atados a la referencia de tu perfume leve. Intenta develar tus misterios y siente en ocasiones que lo logra. Suele también imaginar la forma de las palabras de aquél diálogo que jamás intercambiarán. Y no sabe por qué un día lo inventa afectuoso, otro agresivo y otro indiferente. Sin embargo lo único que quisiera de ti es saber que piensas. Pues supone que alguien, que jamás te conoció el alma  se olvidó de tu piel y te ve como a sí mismo, una sombra que viaja recostada a la ventana amarilla del tren.”

 

         El espejismo de Alberta terminó sin siquiera conocer la ternura después de ser maltrecho juguete de un verano y soportar caprichos de furor y lujuria. En aquél frágil tálamo el ardor, si quemaba, lo hacía como el hielo: despellejando. Su carne ultrajada no tuvo más valor, ni otra apariencia, que la de la res del matadero.

         Decidió buscar otro sitio donde trabajar y con el importe de la liquidación adquirió el libro de Eliseo, a quien imaginaba triunfador y acaso rico. Sintió celos de la bonita mujer que lo había seducido y no creía en mi insistencia de que ella era el origen de tan bellas imágenes. Descreyó también la pena que Eliseo dejaba traslucir en sus poemas pero pudo llorar lo mismo que las putas del bar. No preguntó por su paradero ni yo de motu propio se lo dije.

Y no hay incierto futuro que pueda subyugar con más vigor que un pasado apasionado. Los tiempos de la buhardilla le parecieron entonces épocas de magia. Se dijo que él estaría allí, seguramente, en medio del rebaño de sus reflexiones. No lo imaginaba viviendo en otro lugar y por si acaso, por si eran ciertas de que no había otra mujer, decidió pasar por la buhardilla.

 

"¡Ay dime amor qué me pasa!  Que mi error en su rodar parece noria. Que resalta en mi memoria como un fantasma sin casa."

 

         A Eliseo esa tarde no lo vi, pues fue a la plaza antes que despertara mi resaca. Lo llevó su deambular sin rumbo y el miedo de sentir a su musa agotada. Ya no escribía tanto ni tan bien. Leía sus poemas de abandono una y otra vez sin tocarles una letra... aunque de seguro ya podría decirlos de memoria pues caminando por ahí lo acosaran sus ecos.

 

         Alberta estuvo en la buhardilla y nadie salió a su llamado. Esperó patética, aferrando su bolso menguado mientras las sombras se estiraban. Recién después de que un vecino le dijera que allí nadie vivía comenzó lentamente a caminar sin saber dónde continuar su pisada.

 

         Se encontraron como se encuentran los que no saben dónde ir. Los junta su paso vacilante y a veces hay un banco despintado que los cobija. Yo no vi sus ojos. Habría dado mi copa y mi guitarra por verlos. Seguro que las miradas decían cosas que las palabras evitaron. Pero supe que les falló la alegría.

Se habían amado. Habían amado seres que ya no existían. Eliseo comprendió que no eran los mismos primero que ella y que habían perdido la antigua facultad de comunicarse. En algún momento Alberta, no pudiendo abrir los candados del ayer, manifestó que sin su auxilio, sin su existencia, jamás se habrían escrito esos poemas y desde su desesperación dijo que era inmenso el honor de ser nombrada, pero merecía más que eso.

Él la miró con los ojos de un hombre que observa el desierto; descreído de su valor, vacío de amor propio y sintiéndose incapaz de ser amado, cayó en el error de creer que le pedía dinero. Le pidió que llevara lo que quisiera, que “el todo” que tenía era lo mismo que “un nada” y de todas formas jamás podría nadie quitarle los poemas de la cabeza ni el áncora del corazón hundido en el pasado.

Ella no pudo interpretar esas palabras, toda la riqueza que aguardaba era un puñado de caricias y bajó los ojos para que no se notase que perdía una lágrima. Por lo tanto permanecieron en silencio; no hubo instancia de discusión y sin embargo, nunca habían estado tan lejos de entenderse.

         Pidieron a la dueña para estar solo un atardecer en la buhardilla y se los permitió por una deuda atrasada y un mes de adelanto. Quisieron estar allí quizás para asegurarse que de aquello no había nada que pudiera salvarse. Esperaron un rato y no vino el amor. Trataron que entonces llegara el cariño. Supusieron que al menos debería llegar el deseo. Cuando comprendieron que solo estarían con sus cauces secos había anochecido y corrieron la claraboya.  –Es el tiempo –dijo él, perdido en el cosmos y aferrando su mano como antes. – O el destino –dijo ella, desilusionada porque aun la luna no estaba en el firmamento y no sabía viajar más allá.

         No la siguió con la mirada ni se volvió ella. Existió un hasta siempre pero no nació un abrazo. Antes de volver a separarse se unieron en la misma interrogante. ¿Cómo, si hubo tanto, el acompañarse no hacía fuerza para subsistir?

 

 

         Alberta permaneció en la buhardilla hasta hallar nuevo empleo. Hace poco vino a despedirse de mí, pero buscaba que alguien le explicara todo, que le describieran con palabras sencillas los misterios insondables del amor. Cuando afirmó creer posible todavía intentar el rescate un rayo me pegó. Preguntó por él y por temor a las palabras sólo le dije que no sabía dónde andaba... y quizás sea cierto. Me resultó muy extraño y doloroso hablar con ella sin que Eliseo estuviera presente y como si existiera.

 

         Yo sabía que cuando me iba caminando despacio hacia los bares del bajo, Eliseo rumbeaba hacia la estación y abordaba algún tren a cualquier parte para hablarles en silencio a las mujeres solitarias que pierden los ojos en la bruma. Cuando no lo vi aquél día no me extrañó... si andaba suelto en la noche como hoja seca en el viento.

         A veces me fastidia que las muchachas me pidan que cante sus recuerdos, siento la languidez de su morboso placer y tengo la impresión que se burlan de mí, porque saben que ahora lloro cuando tomo y hasta temo embriagarme... Porque no quiero que me pase como a él, que de andar borracho de amor con hielo, persiguiendo coplas imposibles sobre los durmientes, le gritó al tren que había admitido que la vida le pasara por encima pero a nadie más se lo permitiría, y se le plantó delante con el pecho firme y la cabeza levantada.

                           

El amor siempre se termina, y es irrecuperable su osamenta

Nos deja la piel desguarnecida y el alma en mitad de la tormenta

Ocurre tan solo que la vida, no reserva boletos de regreso

Queda la soledad de la poesía

calándonos la carne

hasta los huesos.

Eliseo.

 

Cruzó una melodía triste de oboe, letanía abandonada hasta otro ocaso de la luna... Sin que se entere Alberta y aguardando, que el viento disipe las lágrimas de a una.

Palabras claves amor, angustia, dolor, mujer, relatos, parejas
publicado por filoso a las 17:53  ·  Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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Escribo sobre todos los tópicos, adecuando el estilo a la trama y de una sola manera: retorciendo los fantasmas internos hasta que sueltan sus luces y sus sombras. Tal vez no lo haga demasiado bien ni tan a menudo como debiera... pero vivir lleva su tiempo y me gusta saborear cada instante, aun los que disfruto sin estar ante el teclado. He leído mucho -que jamás será lo suficiente- y escrito un par de cosas de las cuales conservo algunas y otras he lanzado al mar por ver si flotan. Hoy día no es tan fácil descartar el “¿para qué?”, y sentarme a contar las cosas curiosas que ocurren al otro lado del espejo, mas lo sigo haciendo pues me acostumbré a que mi sentir fluya desde la punta de mis dedos. A veces me obligo a levantar los hombros y girar hacia otro lado, pues eso también es bueno, dejar descansar las inquietudes, que tomen fuerza... Sé que siempre me estarán acosando. En fin, creo que eso no es lo importante, sino que haya alguien del otro lado en la misma sintonía, un lector al que le lleguen mis señales y pueda con ellas pasar un buen momento. Sólo así esta acción de escribir dejaría de ser un acto egoísta. Pues aunque disfruto escribiendo, ya no lo hago para mí.

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