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Tapera cromática
Páginas sueltas de libros ignorados - La voz de un outsider

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17 de Marzo, 2009 ·  Relatos

SACRIFICIOS CONYUGALES


No tenía demasiado qué hacer esedomingo y venía tarareando uno de esos temas de Los Beatles por loscuales mi hija me tilda de anticuado. Al cruzarse conmigo me dedicó suhabitual mirada reprobatoria, sugiriendo además que si he de continuarescandalizando lo haga con los Stones, pues luzco tan patético comoellos. Lejos de enojarme y para su satisfacción, comencé a desentonar“Caballos salvajes” con gran sentimiento, indolencia y exceso sonoro.

Arrastrandomis lamentos ante la puerta de la sala detuve el recital pues sentívoces, una de las cuales expresaba la frase que aminoró mi marcha:

–Empleanfango termal volcánico y productos exóticos importados –decía a la míala esposa de mi vecino. –Créeme, no te miento... Desde que va a laclínica Osvaldo es otro hombre.

Enaquél momento lo único que pensé fue que Osvaldo dejaría de ser otrohombre cuando ya no persiguiera películas de cow boys y artes marcialesen los canales cable, cambiara la cerveza por agua bendita y controlarasus flatulencias, entre otras varias probidades suyas.

Mástarde no pude dejar de compararme, recordando la apatía en la cual mesentía inmerso desde hacía cierto tiempo, y que él podría decir lomismo en cuanto a mi afición por National Geografic: que de lo otroestoy libre gracias a dios.

Lohabía olvidado todo cuando por la noche, en medio de otra de nuestrasfrugales cenas de la madurez, mi señora trajo el tema a colaciónmientras rumiaba con desgano su lechuga. Deslizó entonces un extensocomentario a propósito de la nueva actividad de Osvaldo proponiendo quelo imitara.

Alparecer, mi buen vecino había comenzado a concurrir a una clínica derejuvenecimiento que basaba su terapia en cosméticos y ejerciciossencillos. No di mayor importancia al comentario pero ella continuómugiendo: –Es algo oneroso pero a Osvaldo le está dado resultado...aunque igual, con su barriga descontrolada y la incipiente calvicietendrá para un tiempo. Creo que contigo podría obrar maravillas máspronto, con ir una vez y ver si te resulta no pierdes nada –dijoanimándome a la vez que entornaba los ojos con bovina melancolía:–¡Volverías a ser el torito de hace unos años!

Noes mi estilo andar por el mundo imitando a los demás, máxime cuando laacción me demanda esfuerzo físico, por lo cual di un pequeño bufido defastidio agitando mi bigote. Como suele ocurrir, me molestó lainsistencia de Carmen con el tema, sobre todo debido a que siemprelogra sus propósitos.

Podíamantener mi negativa a ultranza y soportar sus empeños hasta que elcansancio la ganara: tal batalla podía durar de unos días a variosmeses, dependiendo de la frecuencia de los comentarios positivos de lavecina y los centímetros de disminución del vientre de Osvaldo.

Soyun tipo práctico, amigo de tomar al toro por las astas y eliminarproblemas de inmediato, ya sea resolviéndolos o delegándolos. Además,en los últimos tiempos no le estaba dando mucho gusto a mi señora...Así que al otro día tomé el coche y allá fui con resignada paciencia.

Ingresandoal lugar me crucé con Osvaldo. Aquél manejaba su vehículo como siguiara una nube sobre corrientes de aire celestiales. Un inusualsemblante de felicidad desbordaba sus facciones y una aureola deplacidez angelical lo envolvía. Al pasar ante mí se permitió un guiñode complicidad que me llamó la atención.

Mientrasaguardaba turno en una salita muy acogedora –donde para mi regocijo untelevisor emitía Discovery Chanel– atribuí la placidez del rostro deOsvaldo a la falta de su habitual sombra de barba. Entonces aundesconfiaba de la eficacia que cualquier tratamiento pudiera lograr conla prominencia de su estómago... duda que hoy ya no tengo.

Habíasolicitado información pero la recepcionista me convenció de que loideal era anotarme en algo denominado DTP, “Demostración terapéuticapráctica”; de ese modo podría conocer los alcances del servicio que seprestaba sin el compromiso de una afiliación y a un precio razonable.

Entanto la joven tomaba datos de un tipo que había ingresado después queyo apareció una rubia muy hermosa. Vestía una inmaculada túnica blanca,ajustada y tal vez demasiado corta hasta para una persona como yo,típico adolescente de la era hippie.

Medianteun gesto de cordialidad sus ojos vivaces dieron un rápido atisbo a lostres hombres que aguardábamos, luego se acercó a la recepcionista yaquella le entregó un papel: –¿Marcelo Torres? –leyó en voz alta larubia ceñida y sin frío.

Marcelo Torres se puso de pie como un feliz autómata y desapareció detrás de ella por el pasillo.

Pocodespués llegó Nené: una morocha con un cuerpo aun más exuberante que larubia cubierto con una túnica de semejante talla. Sin mirarnos sedirigió a la recepcionista y luego de recibir su esquela leyó minombre. Seguí el rumbo de sus caderas hasta llegar a su consultorio.Entramos, cerró la puerta detrás de mí y se aproximó a besarme ambasmejillas, las que tontamente se ruborizaron de inmediato.

–SoyNené, tu terapeuta de hoy –dijo con afabilidad –Desvístete y toma unaducha, ese es el baño –señaló una estrecha puerta –y regresa envueltoen esta toalla.

Duranteun momento me sentí fastidiado por las ocurrencias de mi mujer: en esepreciso instante yo podía estar disfrutando de una buena documentalsobre el universo anunciada la víspera en Cosmos TV.

Hicelo indicado y a poco estaba listo para reunirme con Nené. Salí toalla ala cintura, pulcro, bien peinado y fresquito como un pimpollo. Nené mepidió que me sentara en una silla parecida a las empleadas en laspeluquerías para los lavados de cabello.

–Trataremosel bulbo capilar con productos exclusivos que te lo fortalecerándevolviéndole la lozanía de sus mejores tiempos –dijo. De inmediatocomenzó a masajear mi cabellera casi sin tocarme, con una delicadezaque me hizo erizar. Empleaba una crema de fragancia agradable cuyoexótico aroma me transportó a los mares del sur. Pensé que si seenteraba Pedro –mi peluquero– sus escasas huestes de testosteronapondrían un grito jíbaro en el cielo al tiempo que sus estrógenosclandestinos destilan un mar de resentidas lagrimas.

Latarea no le llevó a Nené más de cinco minutos luego de los cualessugirió que me recostara de cubito dorsal sobre la camilla. Buscó porallí unos potes y mientras los abría hacía referencia al cuidado delcutis, la eliminación de arrugas y la tersura facial:

–Ésta,por ejemplo, nutre las fibras de colágeno –decía al esmerarse enconvertir mi rostro en una máscara horripilante. Yo podía verme en unespejo colocado a esos efectos en el cielo raso. –A los clientes lesagrada verse bien –contestó de manera sonriente esta profesional cuandole hice notar que me llamaba la atención la abundancia de ellos en suconsultorio.

Estabaaun con la cara embadurnada cuando me solicitó que me colocara bocaabajo y me relajara sin preocuparme por la crema: –Ahora trataremos larecuperación del tono muscular y al mismo tiempo estimularemos lacirculación de la sangre para eliminar impurezas y toxinas –dijo.

Entoncessus manos comenzaron a deslizarse sobre mi espalda desparramando algoaceitoso, explicando con fuerte tendencia didáctica que se trataba deun producto fabricado con placenta de no sé qué animal a punto deextinguirse: –Aprovecha mientras puedas –recomendó con una picardía queme causó extrañeza.

Nopuse demasiada atención sobre el animal de marras pues había notado quemientras realizaba su tarea, algo inclinada sobre mí, en uno de losespejos su escote se abría generoso y en otro con sumo esfuerzoasomaba, discreto de entre sus muslos morenos, el negro brillante de sutanga minúscula.

Comencéa ponerme nervioso pues no quería ser indiscreto, mas no había maneraen la posición en la que estaba de mirarle la nuca. Aun cuando desviémi vista hacia sus talones, algo separados del calzado, no pude dejarde inquietarme. Volví a maldecir las ideas de Carmen.

–Estetratamiento agrega vitalidad a los tejidos, abre los poros y facilitala renovación de las células –dijo Nené mientras con delicadeza mequitaba la toalla para continuar aceitando el resto de mi cuerpo,glúteos y piernas.

Habíacomenzado a disfrutar de la bendita terapia cuando me indicó que mediera vuelta. Lo primero que hice, avergonzado, fue observar en elespejo del techo el inoportuno despertar de mi masculinidad. Ellafingió no haberlo notado y sentí alivio. Me aturdía pensar: ¿Quépensaría la chica de este veterano libidinoso? ¿Estaría mi cincuentenaestampada en el formulario que le entregaron? Tal vez si yo tuvieraunos años menos...

Loque hizo ella en esa posición fue quitarme la crema facial con un pañohúmedo para lo cual, lamentándolo con fastidio, debí cerrar los ojos.

Luegole tocó a mi torso la capa aceitosa. Como tenia su escote tan cerca demi vista decidí mantenerla cerrada y al hacerlo pensé en Nené. ¿Cómoera su vida? Seguramente tenía a su lado a un hombre muy afortunado,aunque algo débil y ojeroso. Él disfrutaría los beneficios de suprofesión al máximo, pues ella sumaría a sus conocimientos amor ypasión. Sentí un poco de envidia por ese venturoso desconocido mientrasella llegaba a las inmediaciones de mí ombligo.

Cuandoadvertí que continuaba con mis piernas sentí pesar, pensé en cuan gratohubiera sido si ella también hubiera rozado... Mucho no pude lamentarmepues de pronto estuvo allí, con la misma suavidad y dedicación. Veíasus manos en el espejo, envolviéndolo y casi creí que soñaba. ¡Qué bienlo hacía! ¡Hurra por mi esposa! ¡Hurra! ¡Hurra! ¿Estaba prevista estaceremonia en el servicio? No tonto, contestó mi socarrona voz interior: lo hace pues tú eres maravilloso y ella lo ha notado.

Mientraspensaba en eso y en qué pasaría si llegaba al orgasmo noté que ellacontinuaba con una sola mano; es que al parecer con la otradesabotonaba su túnica y antes de dejarla caer al piso extraía unpreservativo del bolsillo. Estupefacto acepté que con celeridad calzarael adminículo y se instalara sobre mí. No debió esforzarse demasiado.

Mis ojitos allá en el cielo raso no eran más que dos cuentas de vidrio resplandecientes caídas en el semblante de un idiota.

–Descansa mientras preparo el jacuzzi –dijo Nené llevándose las pruebas de la infamia unos minutos más tarde.

Alvolver tomó mi mano y me guió hacia el agua tibia y burbujeante. No soylocuaz ni profundo con personas que no conozco, por lo cual hablamosbastante del tiempo, de un crimen de la semana anterior y del Oscar delaño pasado.

Enalgún gris momento sugirió salir: de ser por mí podríamos estar allítodavía. Me secó y animó entre risitas a que la secara. Lo hice ensilencio, trasladándome alguna decena de años atrás, y no por carecerde cosas para decir sino por tenerlas en demasía: ya no era unadesconocida.

–Esperoque nuestro servicio te haya satisfecho, estaríamos muy complacidos decontarte entre nuestros clientes habituales. –dijo Nené al despedirme.Fue un momento triste, algo similar a cuando dicen: “al menoscompartimos un café aunque supiera a jugo de paraguas”. Me sentí comosi estuviese a punto de huir con algo que no valía nada fuera de dóndese hallaba. ¡Es tan difícil explicarlo!

Caminode regreso venía pensando en las razones que tendría Carmen paraenviarme a un lugar como ese. No había conocido a persona más celosa entoda mi vida. ¿Tanto había cambiado? ¡Bien por ella! Pero no... No eraposible semejante dádiva, en alguna parte un tipo había mentido a suesposa sobre el sitio de rejuvenecimiento y otros habíamos recibido unaespecie de "obsequio colateral".

Devuelta en casa mi mujer me preguntó qué tal me había ido: –Bien...–contesté lacónicamente al tiempo que hacía un leve movimiento dehombros. No encontré razones para denostar la experiencia, por cierto:me sentía más joven y vuelto a un cálido estío olvidado... También algomelancolico, semejante anacronismo parecía no pertenecerme.

Esanoche marché a la cama cansado y satisfecho, seguro de que caeríadormido como un lirón acosado por los primeros frescos del otoño. Maslos designios de mi esposa no habían terminado y no tardaron en aflorarambiciosos planes tras el subterfugio de su idea. Por primer vez enmucho tiempo era ella quien aguardaba en el dormitorio.

Unasuave música bogaba en las penumbras, el perfume era exquisito yflamante su lencería. Caí en la cuenta del dinero que nos estabacostando el rejuvenecimiento incluidas terapias, parafernalia ycotillón; también en lo remiso que había estado los últimos tiempos encuanto a obligaciones maritales se refiere. Me reconfortó pensar que almenos el costo de los músicos no habría de sumarse al presupuesto.

Alcomienzo creí que no podría hacerlo... pero lo hice. A ella también lahabía reverdecido mi visita a la clínica. Si la fe mueve montañas...¡Indudable es que mueve personas!

Aunquelo pensé, por elementales razones descarté la idea de sugerirle hacerun tratamiento similar al mío: –¡Machista asqueroso! –diría sin dudarlomi cuñada lesbiana, segura de tener dos o tres amigas que darían a suhermana mejor compañía que la mía.

Porla mañana Carmen me preguntó si había decidido continuar asistiendo alas sesiones de rejuvenecimiento. –No sé –fue mi respuesta, esta vezagónica, al tiempo que hacía un leve movimiento de hombros: –¿Cuál estu idea? –agregué esbozando resignación.

–¡Queun día no es nada! –exclamó dando un fuerte matiz de obviedad a suspalabras –Es un tratamiento. Para que los resultados sean duraderos hayque hacerlo íntegro.

–Pormí no hay problema –contesté en el borde de mi dichosa agonía yhaciendo un nuevo pero algo más leve movimiento de hombros. Me parecióque ella estaba extrañada con mi actitud, ante lo cual manifesté: –Sime dan a elegir preferiría no hacerlo –en esta oportunidad debí darlesensación de firmeza a mis argumentos y no moví los hombros.

–¡Siempre el mismo! –dijo ella –Lo harás, es por tu bien.

Mesentí reconfortado de que alguien se preocupara por mí de ese modo yhubiera querido agradecerle, pero tanto no podía rejuvenecer con sólouna consulta.

Unostres días más tarde nos visitó el primo de mi mujer con su señora.Arturo es muy amable y me cae bien, ella no, es algo presuntuosa. Ellascharlaban en la sala mientras Arturo y yo servíamos unos tragos.Volvíamos con ellos cuando escuché la voz de mi mujer: –¡Y vino de esaclínica con diez años menos!

Al vernos llegar cambiaron de tema pero yo sentí alegría por Arturo. Sonreí.

–Se te ve feliz –me dijo la prima de mi esposa. –Y me alegro mucho.

Yonunca tomaba en serio sus palabras, las cargaba de tanta sutileza que aveces daban a entender lo contrario o parecían llevar doble intención.

–¡No exageres! Reía de una ocurrencia de Arturo: es un gran conversador... –dije procurando esquivar el tema.

–¡Lo era! –se apresuró a decir ella. Ahora anda bastante apagado, apático, débil...

Miseñora salió entonces con lo de las begonias que había plantado y toménota de su intención de eludir el tema. Mejor así. La discreción enestos casos resulta esencial. Me dije que de continuar ese rumorbalsámico todos los maridos de la ciudad acabarían bajo terapia.

Ala semana siguiente lo primero que hice fue anotarme, preguntando conansiedad cuantos meses insumía el tratamiento. Se me contestó quedependía del paciente y que esos detalles se evaluaban sobre la marcha.Mientras la escuchaba me pareció descubrir un rictus de complicidad enla gesticulación de la recepcionista.

–No olvide que también puede acceder a la opción VIP –agregó.

¿Es que había más? ¿O acaso yo había demostrado demasiado entusiasmo durante la inscripción? Contuve un silbido de asombro.

–Porahora no, muchas gracias –contesté, evitando preguntar por aquél plusque se me ofrecía. No fuera que luego me enterara que existía tambiénalgo así como un Súper VIP.

Estavez mi terapeuta fue la rubia, pero vi que también había una pelirroja,una morena y varias más. ¿Se podría elegir o eso era para los VIP? ¡Quéimporta! Le sugerí que fuera más breve la parte inicial y más extensala última y la rubia manifestó alborozo: –Eres de los míos –dijo. Asíque pasé otra tarde agradable.

Alsalir con el coche me crucé con Arturo. Manejaba mirándolo todo ypareció sorprendido de verme. Quise llamarle la atención y de segurofue exagerando el aspecto de felicidad de mis facciones y lamansedumbre angelical que envolvía mi semblante. Como si guiara unanube sobre corrientes de aire celestiales me permití un guiño decomplicidad.


Del libro de relatos "Trampas al solitario" © Félix Acosta Fitipaldi

http://jolibud.bubok.com

Normal 0 21
Palabras claves humor, relatos, literatura, escritores, cuentos
publicado por filoso a las 21:58  ·  2 Comentarios  ·  Recomendar
 
Comentarios (2)  ·  Enviar comentario
¡Excelente! Me encantó, no tengo palabras, ahora mi duda es, si una va por ejemplo a Alicia Risotto a "sacarse" la celulitis, vendrá un musculoso a hacer el centellograma?
Un abrazo!
publicado por Anna, el 21.03.2009 07:37
¿Clínica de rejuvenecimiento? ¡Vaya, ahora se les llama así...! je,je,je. Bueno, ante todo te felicito por esa forma de enfocar estos nuevos "salones de te" en versión occidentalizada. Este relato tiene una gran carga de sensualidad pero que para nada resulta grosero u obsceno. Para no variar, expresas con gran sensibilidad tantos los hechos como los sentimientos en todos tus personajes.
Por cierto que me alegro mucho de que "ellos" hayan encontrado por fin el "secreto de la eterna juventud"... Aunque sea a costa de la hermosa cornamenta de sus... señoras. Se fastidien y los hubieran aceptado tal y como eran, con sus kilitos de más, sus canas y sus "fofeces". Y es que... ponerle colmillos nuevos a un lobo desdentado y pretender que no se coma a una tierna ovejita... ¡Es mucho pedir!
¡Ah! se me olvidaba... ¡Viva los Beatles...!
publicado por Rosa Castrillo, el 09.06.2009 16:54
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Escribo sobre todos los tópicos, adecuando el estilo a la trama y de una sola manera: retorciendo los fantasmas internos hasta que sueltan sus luces y sus sombras. Tal vez no lo haga demasiado bien ni tan a menudo como debiera... pero vivir lleva su tiempo y me gusta saborear cada instante, aun los que disfruto sin estar ante el teclado. He leído mucho -que jamás será lo suficiente- y escrito un par de cosas de las cuales conservo algunas y otras he lanzado al mar por ver si flotan. Hoy día no es tan fácil descartar el “¿para qué?”, y sentarme a contar las cosas curiosas que ocurren al otro lado del espejo, mas lo sigo haciendo pues me acostumbré a que mi sentir fluya desde la punta de mis dedos. A veces me obligo a levantar los hombros y girar hacia otro lado, pues eso también es bueno, dejar descansar las inquietudes, que tomen fuerza... Sé que siempre me estarán acosando. En fin, creo que eso no es lo importante, sino que haya alguien del otro lado en la misma sintonía, un lector al que le lleguen mis señales y pueda con ellas pasar un buen momento. Sólo así esta acción de escribir dejaría de ser un acto egoísta. Pues aunque disfruto escribiendo, ya no lo hago para mí.

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